Prohibido en España, permitido en Europa: así se condena al campo ¿Quién va a producir nuestros alimentos?

Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo, hubo un sector que no paró. Mientras las ciudades se confinaban, mientras el miedo y la incertidumbre lo invadían todo, los agricultores siguieron trabajando. Sin focos, sin aplausos diarios, sin titulares. Pero gracias a ellos, nunca faltó comida en nuestras mesas.

Hoy, apenas unos años después, parece que lo hemos olvidado.

La agricultura española atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Y no por falta de profesionalidad, ni de esfuerzo, ni de compromiso. Lo que está en juego es mucho más profundo: estamos poniendo en riesgo la capacidad de producir nuestros propios alimentos.

 

Nos están quitando las herramientas para trabajar

En los últimos años, han desaparecido numerosos productos fitosanitarios esenciales. No hablamos de caprichos, sino de herramientas básicas para combatir plagas, enfermedades y garantizar cosechas viables.

Sin alternativas reales, se está obligando al agricultor a producir en peores condiciones, con más costes y más riesgos. Es como pedirle a un médico que opere sin instrumental. O a un bombero que apague un incendio sin agua.

 

Competimos… pero con las reglas en contra

Mientras aquí se endurecen las exigencias —algo que en sí mismo es positivo—, nuestros agricultores compiten con productos que llegan de fuera producidos con normas mucho más laxas. Allí sí pueden usar lo que aquí está prohibido.

Y luego esos productos compiten en el mismo mercado, en los mismos lineales, con precios más bajos.

No es libre mercado. Es competencia desleal.

 

Ni siquiera jugamos con las mismas reglas en Europa

Pero hay algo todavía más grave. Ya no hablamos solo de terceros países. Hablamos de Europa.

Hoy, dentro de la propia Unión Europea, los agricultores españoles no compiten en igualdad de condiciones. Y el ejemplo más claro, más reciente y más doloroso es el del spirotetramat.

Este insecticida ha sido, durante años, una herramienta clave para el control de plagas en cultivos como el tomate. En Extremadura —donde el tomate para industria supera las 20.000 hectáreas y sostiene miles de empleos— su desaparición ha dejado al sector sin alternativas eficaces para combatir plagas como el ácaro del bronceado.

El problema no es solo su retirada. El problema es la incoherencia.

Mientras en España no se permite su uso, otros países europeos competidores como Portugal, Francia, Alemania o Italia han concedido autorizaciones excepcionales o periodos de gracia para seguir utilizándolo.

Es decir: un agricultor extremeño no puede usar una herramienta esencial para la viabilidad del cultivo que su competidor portugués o italiano sí tiene disponible para producir… y luego ambos venden en el mismo mercado.

Esto no es una cuestión técnica. Es una cuestión de justicia.

El propio sector ha advertido que esta situación supone un “agravio comparativo” y coloca al tomate extremeño al borde de una crisis grave, con impacto directo sobre miles de familias.

Y mientras tanto, las alternativas propuestas son, en muchos casos, insuficientes o menos eficaces, lo que incrementa los costes y reduce la capacidad de competir.

La pregunta es inevitable: ¿Cómo puede hablarse de mercado común si no hay reglas comunes?

La gran contradicción: prohibimos aquí, pero importamos de fuera

Quizá lo más incomprensible para el ciudadano es esto: en Europa se prohíben determinadas sustancias… pero se permite importar alimentos producidos con ellas.

Es decir, exigimos a nuestros agricultores estándares más altos, pero aceptamos en nuestras mesas productos que no cumplen esas mismas reglas.

¿Tiene sentido? ¿Es justo? ¿Es coherente?

El consumidor no lo sabe.

Y lo más preocupante: el consumidor, en la mayoría de los casos, lo desconoce.

Compra pensando que todos los productos siguen los mismos estándares cuando no siempre es así.

Si supiera que detrás de ciertos precios bajos hay condiciones de producción que aquí no se permitirían… quizá elegiría de otra manera.

Un riesgo silencioso: depender de otros para comer

Todo esto nos empuja hacia un escenario peligroso: perder capacidad productiva y depender cada vez más de terceros países para alimentarnos.

La alimentación no es un sector cualquiera. Es estratégico. Es soberanía. Es seguridad.

Ya hemos visto lo frágiles que pueden ser las cadenas de suministro globales. ¿De verdad queremos depender de otros para algo tan básico como comer?

El campo no solo produce alimentos: mantiene vivo el territorio

Cuando un agricultor abandona, no solo se pierde una explotación. Se pierde vida en el medio rural. Se pierde población, se abandona el territorio, se rompe el equilibrio.

El campo no es solo economía. Es paisaje, es cultura, es identidad.

Y sin agricultores, simplemente, no hay campo.

 

No pedimos privilegios. Pedimos sentido común

Los agricultores extremeños y españoles no piden un trato de favor. Piden poder competir en igualdad de condiciones. Piden coherencia. Piden herramientas para hacer su trabajo. Piden que no se les exija lo que luego no se exige a quienes compiten con ellos. Y, sobre todo, piden algo muy sencillo: poder seguir produciendo alimentos.

Porque la pregunta no es solo qué agricultura queremos.

La verdadera pregunta es: ¿Quién va a producir nuestros alimentos dentro de unos años?

Y cuando llegue ese momento, ya será tarde para reaccionar.

 

Fdo: Francisco J. Moreno Gil
Director Gerente de Acopaex

Artículo de Opinión Acopaex